Sálvese quien pueda

Tobi y los chicos malos del oeste



sábado, 31 de julio de 2010

EL TIO MALA UVA

El tío mala uva


El anterior artículo, “Una fiesta sin fraude”, me salió demasiado largo y dejé en el tintero algunas reflexiones concernientes a los espectadores de las corridas de toros.
Es muy cierto cuando dices, Alberto, que la gran mayoría de los asistentes a las corridas de toros son los neófitos (“turistas”, en el romaní taurófilo), que van a deleitarse con el colorido dramático de la Fiesta sin entender ni pío de lo que ocurre en la arena; o las mujeres, más interesadas en lucir sus atuendos de moda y en distinguir a sus conocidos de tendido a tendido. Hay, también, curiosos que se jactan de saber de toros y que dicen sandeces durante la lidia (por lo general vociferando), y estos mismos son quienes más critican a los toreros y les mezquinan los trofeos.
Hay, por cierto, una minoría docta de aficionados entendidos --después de muchos años de ver toros, por lo general desde la niñez-- que gozan con todos los detalles de la Fiesta, con sus rituales centenarios, desde la vista del albero al ingresar a los tendidos hasta el paseíllo y, por supuesto, con cada acción del toro y del torero durante la lidia al compás de los pasodobles, que llenan el aire de esa música taurina que hace de la Fiesta el más completo regalo sensorial que pueda haber, pues se añaden al color, a las formas de movimientos plásticos y al teatro-verdad, que es el drama de la vida y la muerte.
Pero hay otra minoría de asistentes al espectáculo, los menos deseados por el verdadero aficionado, que son los sádicos que no salen satisfechos de la corrida si no ha habido tragedia, es decir una cornada.

Aclaro. Para el aficionado de verdad la faena ideal es aquélla en la que aparece por el toril un animal poderoso, fiero y potencialmente letal, al que el torero burlará con maestría y gracia (aquí el verdadero deleite del aficionado: la técnica y la estética del toreo), y que, gracias a su bravura, se le concederá el indulto, es decir, regresará vivo a la dehesa a procrear otros toros bravos. El buen aficionado es el que más aboga ante el juez de la corrida para que se le perdone la vida a un toro. Verdad que estos toros, llamados "de bandera", son excepcionales, pero cada vez más frecuentes, pues gracias a la selección zootécnica ahora el animal tiene más bravura que antes. He ahí la artificialidad de la existencia del toro de lidia, pues la conducta habitual, natural, de todo animal es defensiva, o sea lo que en jerga taurina se denomina mansedumbre.

Volvamos a esa especie de individuos que se filtran en las plazas de toros para satisfacer sus más bajas pasiones,
Como he dicho antes, durante nuestra estadía en Barcelona, mi padre, Javier y yo, íbamos hasta cuatro veces por semana a la Monumental a ver corridas de toros y novilladas, y en cada una de esas ocasiones asistía también "el tío mala uva", que se sentaba muy cerca de nosotros en el mismo tendido. Cada vez que un picador era derribado por el toro y caía indefenso a sus pies, el sujeto este se ponía de pie, enardecido, y gritaba a todo pulmón:

-“¡Métele el cuerno por el ojo!”

O cuando resbalaba algún banderillero, el tipo vociferaba, siempre eufórico, mientras todos los demás estábamos alelados y deseándole bien al hombre a merced de la fiera:

-“¡Sácale las tripas!”

Era un hombrecito bajo y flaco, cabezón y de nariz larga y ganchuda, pálido y de gesto agrio, que no hablaba con nadie. Es decir, la viva imagen de uno de esos a quienes en España llaman gafes y que nosotros denominamos “piñas” o “salados” o “jettatores”.
Algunos vecinos nuestros en el tendido, con quienes, por fuerza de la costumbre de vernos y de compartir la misma pasión varios días a la semana, habíamos establecido una relación amistosa, cada vez que veían llegar al tipo amargado ese, siempre de terno y con un periódico en la mano (que hasta se permitía leer en plena faena de puro aburrido cuando no había un percance), murmuraban entre dientes:

-“¡Joder, ya llegó el tío mala uva! ¡Hostias, qué mala leche la de este gafe!”

Pero nunca nadie le recriminó nada, entre otras cosas porque la democracia en una plaza de toros casi como que antecede a la del ágora ateniense. Cada cual es libre de expresarse sin cortapisas, hasta los malvados.

Sí, es cierto que hay sádicos que van a los toros a resarcirse de las patadas que les da la vida y a deleitarse con las cornadas que el destino --en este caso disfrazado de toro-- propina a los otros. Pero son los menos, y no como dice Alberto, una mayoría ávida de sangre ajena.
Es más, en mi fuero interno siempre vi al “tío mala uva” como un antitaurino que iba a la plaza a hurrar por el toro.
Esto ha sido confirmado después cuando he escuchado y leído que ciertas personas se alegran las veces que el torero recibe una cornada y hasta cuando pierde la vida en el ruedo.
¿Eres tú uno de ellos, Alberto? ¿Y lo son los otros antitaurinos de tu misma laya?


Ignacio

jueves, 29 de julio de 2010

UNA FIESTA SIN FRAUDE

UNA FIESTA SIN FRAUDE



Está muy bien, Alberto, que expreses abiertamente tu posición antitaurina y hasta que celebres el inicio del ocaso de las corridas de toros en Cataluña. Llevas la voz cantante de muchos, pues los aficionados a los toros somos una minoría en vías de extinción.

Cierto que la tauromaquia es lo más reminiscente del circo romano en la civilización moderna; que es un espectáculo cruento (¡cómo negarlo!); que, como la denominas, es una pelea "asimétrica", pues se le hace un cargamontón de hombres y caballos al pobre toro, quien sólo cuenta con sus cuernos y es, después de todo, un participante involuntario (por lo menos "no consultado" para la lidia). Voy más allá: para muchos antitaurinos no puede haber arte cuando un hombre vestido con sedas y bordados brillantes a la usanza del siglo XVIII hace piruetas, que muchos encuentran afeminadas, ante un animal que, por contraste, es la figura del macho bravío y sin afeites. Luis Miguel Dominguín, un torero inteligente, sobrio y escueto --si los hubo-- un día declaró a la prensa antes de su retiro de los ruedos que por fin iba a "dejar de ir a trabajar con unas ridículas medias rosadas".

Sobran los argumentos críticos para los que ven en las corridas de toros un espectáculo anacrónico y sádico. Con razonamientos no se puede rebatir la validez de esos cuestionamientos. Pero es que el ser humano también actúa movido por el sentimiento, por la pasión, ¡por la afición!
Hay buenos ejemplos: la religión no tiene nada de racional, y el amor apasionado tampoco. Tengo amigos muy inteligentes que creen en el Dios antropomorfo y barbado de las Escrituras judeocristianas, que flota entre las estrellas husmeando en todos nuestros pensamientos, palabras y obras, y conozco a muchos que han amado hasta el delirio a unas inmerecidas almas, sin que la razón hubiera triunfado en señalarles caminos más convenientes y menos dolorosos.

Y hablando del amor, alguien dijo que "el amor más sincero es el amor por la comida". Claro que se puede subsistir, como los anacoretas, comiendo hierbas crudas y granos, pero –¡ay, el gusto!—, muchos preferimos una buena langosta por más que en su preparación se haya sumergido al crustáceo aún vivo en una olla con agua hirviente. Y los chefs más atentos aseguran que al contacto con los borbotones se pueden oír los chillidos agudos de esos mismos mariscos que al poco rato ornarán nuestra mesa y deleitarán nuestro paladar. Que yo sepa no muchos antitaurinos, fieles a su ternura por los animales, han elegido la senda vegetariana para subsistir. El toro que muere en la plaza también sirve para el yantar y, previo descuartizamiento, se convierte en filetes, verdad que algo fibrosos por la calidad muscular muy firme predominante en estos animales nacidos y criados para pelear. Si desaparece la Fiesta también desaparecerían estos bellos ejemplares de fuerza y fiereza, pues son productos artificiales, consecuencia de una zootecnia con una manipulación genética muy cuidadosa que selecciona la bravura de las vaquillas y los sementales.

Muy bien, dirás tú como antitaurino, entonces al desaparecer el toro de lidia de la faz de la Tierra ya no comeremos la carne fibrosa de esos animales-gladiadores, y te contentarás con la carne de ternera, la cual es muy blanda porque a esos cuadrúpedos se les mantiene inmóviles, encajonados por varios años, para atrofiarles los músculos y así lograr el lomo blando que te encanta.
Ni tú ni yo pensamos como toros –¡ni como vacas!— pero te prometo que de reencarnarme en mi próxima vida en un bovino, mil veces preferiría pelear por 15 ó 20 minutos en un ruedo y hasta poder despanzurrar al de las medias rosadas, tras haber vivido engreído como una niña bonita por cuatro años en la dehesa, antes que permanecer inmóvil encajonado –y encojonado— por tres años para morir anónimamente en el camal, electrocutado por el carnicero, y que me comiese algún antitaurino gourmet.

Por eso, mi amigo antitaurino, a poner en remojo tus barbas tan sensibles al sufrimiento de los toros de lidia, y a denunciar también a los polleros industriales que mantienen despiertos a estos animales con luz artificial durante la noche para engordarlos lo más pronto posible antes de que vaya a tu plato acompañado de papas fritas.
También denuncia las peleas de box –ahora que hay hasta mujeres metidas en ese negocio— por los millones de neuronas humanas destruidas en cada uppercut, y ni qué decir a los cazadores de safaris y a los que practican la pesca deportiva y que torturan a los pobres peces que ni se los comen y los disecan como trofeos.

Todos estos razonamientos obviamente que son discutibles per secula seculorum y que su aceptación o rechazo dependerá de los sesgos idiosincráticos de cada quien. Lo que no es aceptable es que unos se erijan en los árbitros de la moral, de la bondad y del buen gusto y que pretendan prevalecer sobre quienes discrepen de ellos.

De algo sí te puedo corregir con certeza, y es el llamarle “fraude” a la fiesta de los toros. Cierto que en una época se recurrió al “afeitado” (en los años 40 y 50), que era el recorte de los pitones del toro, y hasta se acusaba a los ganaderos y apoderados de golpear a los animales para debilitarlos antes de salir a la plaza, de echarles vaselina en los ojos para cegarlos, y otras patrañas. Hoy por hoy está reglamentado en todas la plazas de toros que un veterinario examine a la res antes y después de la lidia, y es virtualmente imposible recurrir a esas manipulaciones ventajistas, a menos que la mayoría de esos profesionales fuesen sobornables. Pero ni falta hace dudar, pues la integridad de los toros se ve en la plaza y, por cierto, cuando cornean hacen daño. Y, a menos que los humanos mujan con eficiencia o que los toros hablen nuestro idioma, no puede haber un entendimiento entre las partes, y el tongo que existe en el boxeo y en muchos otros deportes o espectáculos es inconcebible en la tauromaquia. No hay fraude cuando se enfrentan dos seres armados para dirimir los alcances de la fuerza bruta y la fiereza contra la inteligencia y la gracia.

Seguramente que esos catalanes separatistas, fóbicos a todo lo que suene o huela a español, no abogarán por la erradicación de todas esas otras actividades más crueles y cobardes que la tauromaquia –la pesca deportiva, por ejemplo, que se practica a mansalva (o sea “a mano segura”, sin mayor riesgo)—, y que no tendrán empacho en celebrar su victoria en una buena mesa barcelonesa servida con langosta a la Termidor y unos medallones de ternera como plato de fondo, bien rociado con el cava ancestral.

Eso de que la cornada es un error del humano lo decían los toreros pioneros de a pie (Romero, Pepe-Illo y Costillares) del siglo XVIII, y es que en su época el toreo era defensivo: mucha técnica, agilidad y sin procura de la estética. El asunto era matar a la fiera de un estoconazo luego de tres o cuatro trapazos para cuadrarla. Hoy el toreo es de brazos, y el ejecutante debe dejar los pies quietos en la arena, y, pues, la cornada puede sorprender hasta al más sabio lidiador quien jamás podrá prever que el toro se le cuele de sorpresa a mitad del pase. El toreo moderno ha devenido más plasticidad que lucha, por más que tauromaquia signifique “pelea con los toros”, que los gringos traducen literalmente: bullfighting.

Cuando les echas flores a los catalanes y asocias su disgusto por las corridas al hecho de que son “más intelectuales y sofisticados” que el resto de los españoles, estás ofendiendo la memoria de los Picasso, los Lorca y los Dalí (catalán este último), y los extranjeros Hemingway y Orson Wells, apasionados todos ellos de la Fiesta. Y cuando mencionas que tu padre era un aficionado a los toros, y unos párrafos más abajo afirmas que una gran mayoría de los asistentes a las corridas lo hacen por lograr una descarga adrenalínica y por sadismo, supongo –y espero-- que no opinas de tu progenitor como uno de ellos sino como el miembro de una minoría que podía deleitarse –que tenía el derecho a deleitarse-- con la estética de la lidia. Como creo que es el caso mío también y de otros tantos, merecidamente indignados por la vulneración de nuestra libertad.


Ignacio

miércoles, 28 de julio de 2010

El fraude de la Fiesta



Sobre cuernos y cornudos

Prohibieron las corridas de toros en Cataluña y mi amigo Ignacio nos envía un simpático relato en el que combina recuerdos de niñez con elucubraciones filosóficas sobre el espectáculo sangriento de la tauromaquia. Para mi el toreo también genera recuerdos de tardes de Octubre en Acho. Mi padre también era aficionado pero yo nunca lo fui, no porque no despertara en mi cierta curiosidad el duelo mortal en el ruedo sino que este, como espectáculo, siempre me pareció degradante, no a los participantes sino a los que pagan muchas veces una pequeña fortuna para gozar del placer de aquello que llaman «La fiesta brava». Si buscara una comparación lo haría con el duelo de gladiadores en tiempos del Imperio Romano. El enfrentamiento encierra el misterio de la lucha por la supervivencia devaluado al ser transformado en vil espectáculo para el deleite de la concurrencia. En el caso de los toros, como las estadísticas lo demuestran y utilizando los términos de hoy, el combate es asimétrico. Las posibilidades del toro de cornear al torero son mínimas y la probabilidad del animal de pastear una vez más tranquilo en su dehesa es casi inexistente. El toreo por lo tanto también, como duelo, no es una muestra de pundonor sino un fraude y si el torero resulta herido, no es debido a la habilidad del animal sino a un error del humano. Pero en fin de cuentas es verdad que sea por la razón que sea y sean cual sean las posibilidades de ambos, el torero arriesga su vida en la plaza, pero no los espectadores que en una gran mayoría acuden por curiosidad turística, exhibicionismo, morbosidad o deseo de gozar de una descarga de adrenalina y dopamina a costa del pellejo de otros.

La sensatez por fin ha llegado a Cataluña y de la misma manera que se eliminaron las ejecuciones públicas como espectáculo para el populacho, hoy día el toreo como espectáculo ha desaparecido de una de las regiones más intelectuales y sofisticadas de la península Ibérica.
¡ Olé !

Alberto

¡Angelillo, enséñame a torear!

Acabo de enterarme de que el Parlamento de Cataluña ha votado mayoritariamente para prohibir las corridas de toros en esa región española. Acude a mi memoria el recuerdo de los días de mi juventud, a mediados de los años sesenta, cuando mi papá, Javier y yo, íbamos a los toros en la Monumental de Barcelona, en plena temporada hasta cuatro veces por semana (miércoles, viernes por la noche, sábado y domingo).
La Monumental era --y seguirá siéndolo hasta 2012 en que tendrá que clausurarse por ley-- la tercera plaza en importancia de España, después de la de Madrid y la de Sevilla.
No dudo de que muchas personas estarán felices de que se haya dado un primer paso para erradicar las corridas de toros en España. Sé, también, que eso ocurrirá en cadena en otros lugares donde aún se ejerce la tauromaquia y que, finalmente, el espectáculo acabará por desaparecer (no en mi tiempo de vida, felizmente).
Creo que éste es un tema interesante para debatir.
Hace unos meses, en otro foro, envié un artículo que aquí reproduzco y en el que expongo mi sentimiento y mi pasión por las corridas de toros, a raíz de un torero de segundo orden profesional --banderillero y peón de brega--, pero de primerísima calidad humana, que conocí en mi niñez.
Espero que lo disfruten quienes no lo hayan leído.



¡Angelillo, enséñame a torear!


Pocas otras cosas transmiten la imagen de poder y fiereza que un toro de lidia recién salido del toril pidiendo guerra: una tromba de quinientos kilos, bufadora, dando vueltas por el redondel y con dos cuchillos enhiestos ávidos de clavarse en lo que sea.

Mi primer recuerdo de Angelillo es haberlo visto enfrentándose a una de estas fieras en la plaza de Acho, en la época en que los peones de brega daban los lances de tanteo –es decir, tenían el primer contacto con el toro recién salido- mientras el matador observaba las trayectorias y los resabios del animal desde el burladero antes de disponerse él mismo a lidiarlo. Ni recuerdo quién era el matador en esa ocasión, pues yo tenía siete u ocho años, pero una escena sobrecogedora vive intacta en mi memoria hasta hoy: Angelillo dirigiéndose al toro que acometía con todo su poder, y tropezando en su misma cara –un terrible ¡ay! en los tendidos-, y la improvisación del quite que se hizo a sí mismo, echando el capote al aire por encima de la cabeza mientras caía al suelo y desviando los cuernos un palmo por encima de su montera. La plaza entera lo ovacionó de pie y el matador le indicó que se destocase para saludar, pues los subalternos no pueden quitarse la montera sin el permiso de su superior jerárquico: en las corridas de toros las formas y la jerarquía, así como la puntualidad, se respetan más que en cualquier otra actividad. ¿Será acaso que una rígida estructuración de las acciones en esos coliseos protege anímicamente, con la eficacia de un ritual controlado, a quienes se enfrentan a la muerte en la arena?

Un par de años después de esa proeza de habilidad, reflejos y sangre fría, fue que le pedí a Angelillo que me enseñara a torear. Fue en Huampaní, que estuvo de moda allá por los años cincuenta y donde muchas familias limeñas alquilaban por unos días los chalets que allí ofrecían para gozar del limpio sol de Chaclacayo, especialmente durante los húmedos inviernos de la capital. Era un edén para los niños: la novedad de poder elegir a la carta (austero menú) las tres comidas en el inmenso comedor del complejo, trocándolas de momento por el omnipresente arroz con los guisos de la entrañable cocina casera; tener el día entero para holgar por los enormes vericuetos arbolados, eso sí que reportándonos con frecuencia ante la vigilancia paterna; y jugando hasta cansarnos con las máquinas de fulbito y otras atracciones en el salón; y, sobre todo, los ilimitados chapuzones en la piscina a la intemperie, entre los montes y el bosque frondoso con el aire más puro que los pulmones pudieran admitir. Huampaní era el regalo más codiciado para los niños de mi generación durante las vacaciones de julio y, por tanto, durante la época de las Fiestas Patrias el centro estaba repleto. Las reservaciones tenían que hacerse con semanas o meses de anticipación.

Así, contando no más de nueve o diez años de alborotado habitante terrícola, una de esas mañanas de apiñada congregación en el comedor de Huampaní distinguí, en una mesa contigua, una cara conocida –trigueña clara, rasgos finos, pelo ondulado- que ya la había visto antes asentada sobre un cuerpo envuelto en un traje de luces, en varias temporadas en la plaza de Acho (mi padre me llevó a los toros desde que tuve uso de razón, y por esa época yo soñaba con ser torero): ¡el mismo banderillero del famoso auto-quite, Angelillo! Estaba acompañado de una señora muy blanca y de facciones hermosas, que mostraba una sonrisa buena. Cuando uno tiene 10 años, cualquier mujer –cualquier persona- de veinte o mayor califica para el asilo. Por eso, en mi recuerdo, Gladys –que así se llamaba la flamante esposa de Angelillo- era una “señora grande” de unos veinte a veinticinco años de edad. Previa autorización paterna, mi hermano y yo nos acercamos a la mesa de estos egregios comensales --después nos enteraríamos de que eran lunamieleros-- para saludarlos (“¡Hola, tú eres Angelillo”!), y ellos nos recibieron con mucha simpatía y hasta cariño –quizá porque un subalterno de la lidia no estaba tan acostumbrado, como los matadores de éxito lo estaban, a que se les reconociera en el restaurante de una villa vacacional, a muchos kilómetros de la plaza- y así, por una genuina bonhomía o por la gratitud de un ego ensalzado, Angelillo firmó la sentencia de su tortura. No creo que ningún otro recién casado, desde que se inventó la luna de miel, haya estado sometido a un acoso tan inclemente como el que dos niños fanáticos de los toros –y muy impertinentes- le prodigaron al ciudadano Angel Solimano, cuyo remoquete taurino fue “Angelillo”, y a su bonita novia.

Un par de días antes, mi hermano y yo habíamos descubierto que en un paraje de los alrededores pastaba una vaca vieja, llena de mataduras y con la cornamenta recortada, atada a un árbol. Nuestra imaginación infantil habría visto, en vez de unos molinos de viento, a un terrible miura listo a despanzurrarnos. Por eso, jamás nos acercamos al animal a más de unos cinco o seis metros, claro que amparados en los cubrecamas del dormitorio que, a guisa de capotes, los habíamos sacado subrepticiamente del chalet. Citábamos a la vaca a la verónica, con el trapo por delante, imitando con nuestros cuerpos el garbo de los matadores, y por supuesto que, como si la cosa no fuese con ella, la vaca seguía agenciándose su sustento de la broza del terreno. Pero por nada del mundo nos atrevíamos a acercarnos, pues muchas veces habíamos vistos volar a los diestros como unos peleles cuando eran cogidos, y no queríamos exponernos a ello sin el beneficio de un quite y de una enfermería al canto.

Entonces, lo lógico era que quien se acercase a la fiera fuese alguien del oficio, un profesional que estuviese a la mano. ¡Y qué a la mano!

Por lo menos durante toda una semana y casi a todas horas del día, mi hermano y yo íbamos en taurómaca romería hasta el chalet de Angel y Gladys, algo más alejado que el resto, como correspondía a la privacidad de los recién casados. Por razones intuidas -en nuestra ya algo disipada mente infantil-, los novios pasaban la mayor parte del tiempo dentro que fuera; entonces, en cualquier momento del día –la noche entera sí los guarecía del asedio- dos mocosos palomillas se llegaban hasta la puerta del torero y su mujer a gritar en coro: “¡Angelillo, enséñame a torear”!

Y, dando muestras de una paciencia más que jobiana, al cabo de unos momentos siempre aparecía Angelillo, algunas veces despeinado y con el estigma de la modorra en el rostro, pero de buen talante y sonriente. Entonces nos íbamos a torear a la vaca. Torear a la vaca era acercarnos hasta tocarle los cuernos -la proeza que nos enseñó Angelillo- sin necesidad de una manta. ¡Era tan bravo nuestro torero que ni necesitaba un engaño para dominar al bovino! Jamás le advertimos temor en los ojos cada vez que se acercaba a la bestia corrupia de nuestra imaginación, y ese valor sobrehumano nos alentó a mi hermano y a mí para acercarnos y sentir que los tendidos de fantasía -que eran los árboles de ese paraje- se estremecían ante dos niños valientes que desplantaban a la bestia ya domada.

Sólo una vez sentimos algo parecido al remordimiento en una de nuestras convocaciones al maestro: una tarde adormecida, a la hora de la siesta, encontramos a la pareja en un sillón del breve patio delante del chalet. Gladys, que estaba sentada sobre el regazo de Angelillo, tenía las piernas expuestas, y él dejó de acariciarlas apenas nos divisó. Ella se levantó y corrió adentro, mientras él, sin gesto agrio, nos llevó a torear a la vaca, y en el camino nos enseñaba cómo agarrar bien la manta que hacía de un improvisado capote gris sin esclavina.

Hay que poner las cosas en un contexto que permita comprender las razones de este par de chiquillos. La afición a los toros, por lo general, se mama. Hay quienes llegan a ella en la adolescencia o, aún, durante la adultez. No es lo mismo. Ya uno tiene sus valores más o menos firmemente establecidos. La muerte de un animal tras un tormento de veinte minutos puede hacer mucha mella en quienes asisten a una corrida de toros por primera vez en edad racional. En cambio, para cualquier niño que haya ido a una plaza de toros, generalmente de la mano de su padre u otro familiar adulto, antes de la formación del juicio, o sea antes de los siete u ocho años, el espectáculo se asimila como algo de lo más natural. Así, también, ocurre con las peleas de gallos, la caza y la pesca -estas dos últimas actividades muy comunes en casi todas las culturas-. Nadie ha podido demostrar que un toro sufre más que un merlín, el cual, también, durante varios minutos lucha por su vida con un enorme anzuelo enganchado en la boca, mientras el pescador –la mayoría de las veces deportivo, y sin la intención de aprovechar su carne- le suelta el cordel para darle la ilusión de un escape y que así se fatigue más pronto y amengüe la resistencia. O la caza de las ballenas en las Islas Feroe, en Dinamarca, donde el mar se tiñe con la rojez de la sangre tras una masacre anual. Estos cetáceos –decenas de ellos- se acercan a la orilla en busca de alimento, donde los jóvenes les asestan golpes con una especie de machete: les seccionan la médula espinal y los paralizan. Lo mismo se puede decir de los safaris y hasta de la caza de los pichones con una escopeta de perdigones, por el mero placer de acertar en un blanco vivo y volante. La naturaleza es cruel, y el ser humano es parte de esa selva donde la ley es comerse a unos seres vivos o que ellos te coman a ti.

Muchas veces, por remilgos escrupulosos de la madurez, he puesto en revisión mi afición por las corridas de toros, y mi inteligencia me ha dicho que es una fiesta bárbara y cruel. Entonces, mi opción humana, a la luz de un razonamiento más sabio y añejo, tuvo que haber sido renegar de ella, como ha ocurrido con algunos aficionados que devinieron antitaurinos. Pero, como en todos los ámbitos del vivir, en lo que se refiere a las corridas de toros no sólo manda la razón, sino que hay, también, un conglomerado de motivos sustentados en la emoción, la costumbre, la tradición, en fin, en todos esos elementos culturales que configuran a los pueblos y que no siempre atienden a la piedad ni a la inteligencia. No me cabe la duda de que el espectáculo de la tauromaquia está finalmente condenado a desaparecer. Pero lo mismo tendrá que ocurrir primero con la pesca y con la caza deportivas, actividades del matar por matar --muy poco cuestionadas en el mundo "civilizado"-- y que no necesariamente sacian hambres humanas y que ni alimentan arte ninguna. Es más, ojalá que un día los humanos no tengamos que matar animales para alimentarnos de ellos. Pero por el momento las cosas son como son, y nosotros somos los hijos de nuestro tiempo.

Es absurdo atribuirle a un animal las características humanas y proyectar en ellos los atributos tan abstractos como el honor, la elegancia y el derecho. Sin embargo, así como –también- a través de los milenios, y hasta en épocas recientes, se le atribuyeron a ciertas deidades unas características tan humanas como la pasión, el odio, la venganza y la ira, permítaseme por un caprichoso instante, en aras de una dialéctica entecona, dotar al toro de lidia –quizá el animal más hermoso y, por cierto, la imagen suma de la fuerza y la bravura- con el poder de decidir su destino. Si pudiera averiguarse su preferencia, ¿decidiría este animal ir a morir al matadero, electrocutado o a golpes, o ser castrado y llevar el yugo para arar la tierra hasta su muerte? ¿O sería su elección el morir como un gladiador armado, con el derecho de matar también, tras un cuarto de hora de lucha sangrienta? No lo sé, ni nadie nunca lo sabrá; pero, si en el reino bovino existiese la variedad de pareceres que nos caracteriza a la especie dominante, y siendo su destino final proveer de carne a los hombres, sospecho que la mayoría de los toros –especialmente los de lidia, nacidos y criados para luchar- irían por lo segundo.



Durante los años de nuestra juventud, cada temporada taurina mi hermano y yo esperábamos la llegada de las cuadrillas a la plaza en las tardes de toros, y cómo nos envanecía que uno de los lidiadores, por más que vistiese la plata en lugar del oro, nos reconociera entre el gentío y nos llamara por nuestros nombres y que nos abrazara con afecto. También veíamos a Angel en casa del tío Amadeo Bresciani, quien, por mucho tiempo, fue el factótum de la actividad taurina en el país, en su condición de director de espectáculos de la Municipalidad del Rímac, pero, sobre todo, por su condición de ser –tal vez- la persona más entendida en los intríngulis de la fiesta brava en Lima

Muchos años nos separaron de Angel, hasta que una tarde de toros -ya maduros mi hermano y yo- nos lo encontramos en el tendido como un espectador más. Estaba viejo y flaco, y había tristeza en su expresión, la cual se tornó llanto franco cuando le preguntamos por Gladys : “No quiero hablar de ella”, nos dijo, y no insistimos al respecto.

Varias veces después lo vimos en la plaza, tocado con una cachucha y en silla de ruedas, y tenía esa expresión de los que ya no andan por aquí. Una vez que nos acercamos no nos reconoció, pero así y todo le recordamos quiénes éramos y, otra vez, se puso a llorar. A partir de ahí decidimos no volver a perturbarle la vejez con unas memorias evidentemente dolorosas y nos limitábamos a verlo de lejos con el cariño de siempre. Más todavía, porque en la madurez comprendíamos mejor hasta qué punto había sido un hombre bueno con dos niños impertinentes y desconocidos.

Y en mí siempre hubo algo de envidia y mucho de admiración: él fue torero, yo nunca llegué a serlo.


Ignacio

martes, 27 de julio de 2010

¿Bayly Presidente?

El peligro está latente y en el Perú puede ocurrir cualquier cosa.

Parece que Castañeda es un ladrón más y Humala es otro, que también está coludido en el escandaloso caso Relima- Comunicore. Ambos caerán en las encuestas.
La gorda Keiko, además de ser hija de un ladrón (de lo cual no tiene culpa), también es corrupta, porque a sabiendas de que el origen de los dineros de sus estudios no era muy santo, miró a un costado y se benefició de ellos.¡Descalificada!

¿Será que Bayly va a atropellar por los palos? ¡Qué miedo!

Opiniones

Javier

lunes, 26 de julio de 2010

¿MANIQUEO O MANIQUI?

¿MANIQUEO O MANIQUI?

Como sabemos, o ya deberíamos saber (¡Viva el Google, Alberto!), maniqueísmo es la doctrina originada por el teólogo Manes en los primeros siglos de nuestra Era, y según la cual todo lo existente se divide en bueno y malo, santo y demoníaco, cuerpo y espíritu. Es decir, hay una dicotomía de absolutos sin términos medios. Blanco o negro, sin grises.
Por extensión, un maniqueo es aquél para quien sólo caben dos posiciones extremas. Se pertenece a la una o a la otra, sin que se consideren los matices intermedios.
Tildar a alguien de maniqueo es acusarlo de dogmático en su posición ideológica.

Todo este preámbulo para dilucidar los matices del gris que hay en casi todas las cosas que existen. Fíjense que digo en “casi” todas las cosas.
Me viene a la mente la respuesta tibia pero conciliatoria de ese diplomático –¡cómo no!-- a quien se le preguntó por su color favorito, y respondió: “El arco iris”.
Sin compromiso se flota en un mar de indefiniciones, en un cosmos a la deriva.
Hay situaciones en la vida en las que se debe optar por el maniqueísmo porque no existen tonos intermedios.

Pregúntesele a un judío si el nazismo es bueno o es malo, y se obtendrá una respuesta absoluta, sin concesiones intermedias, sin puntos de discusión. Y no sólo eso, sino que tal interrogación engendrará en un descendiente de alguna víctima del horror del Holocausto hitleriano una intensa ira que hasta podría convertirse en una acción de justificada violencia (si es que la violencia alguna vez puede tener justificación).
Y este es un caso tipico de fijación de una posición en términos absolutos. Los nazis fueron (aún lo siguen siendo los pocos supérstites de esa secta maligna) una aberración de la naturaleza humana, y oponérseles --habérseles opuesto en su cénit histórico--, constituye un deber de alguien bien nacido.

Y aquí va la explicación del título de estas divagaciones traídas a colación por los comentarios de Alberto. A veces en la vida hay que ser maniqueo para no ser maniquí.
Es decir, hay ocasiones en las que lo malo es tan malo, tan horriblemente perverso, que debe haber unanimidad entre los buenos para combatirlo sin cejar y hasta las últimas consecuencias, so rieso de convertirse en unos maniquíes o muñecos pasivos que se dejan arrastrar en caso de no hacerlo.
Alguien dijo: “Cuando tienes que hacer una decisión y no la haces, eso en sí mismo ya es una decisión”.
Y otro dijo: “Todo lo que necesitan los malos es que los buenos se crucen de brazos”.

Y esa pasividad de maniquíes ha ocurrido varias veces en la Historia quizá, en algunos casos, por la renuencia de los justos a ejercer un maniqueísmo ardoroso.


Ignacio

domingo, 25 de julio de 2010

Inquisiciones anárquicas


Ya lo sé, empecé a derivar a las minucias de la historia. Una de la cual no dependo de la biblioteca alejandrina virtual sino de un interés despertado por razones que yo mismo no entiendo y que se remonta a mis años de colegio y educación jesuita. Muchos de ellos eran españoles que iban al Perú y lograban la nacionalidad necesaria para luego entrar, gracias a este subterfugio legal, a un México que en los inicios de los años sesenta no aceptaba curas franquistas.
Bueno, el verdadero tema es el del corazón y si este, con años a cuestas, todavía late al ritmo de los ideales o como dices, el peso de los intereses nos llevan a elegir lo conveniente sobre lo justo. Quizás la memoria que aun tengo de esos exiliados y de un tapiz pastoral que colgaba en la pared de uno de sus hogares tenga algo que ver en todo esto.

Regresando a lo histórico, la guerra civil española, más de setenta años de su fin, aun sigue cautivando el interés de muchas personas que no tuvieron vela en ese entierro. He leído con interés el fastidio que esta atención genera en los que sufrieron sus consecuencias. Muchos españoles se sienten molestos de la atención que este lío familiar despertó en el resto del mundo. Para ellos no fue una guerra justa en la que las fuerzas progresistas se enfrentaron al lado oscuro de la humanidad. Sólo fue un incidente doloroso que les deparó una dictadura de 36 años. Resienten a los Hemingways, los Malraux y los Nerudas. Estos intelectuales, para ellos creo, justificaron lo imperdonable dándole un matiz ético a una pesadilla de Goya.

Y ya que mencionas a Sanjurjo, la versión más aceptada fue que la avioneta del general se precipitó a tierra al intentar despegar con el demasiado sobrepeso de los uniformes que el militar llevaba como equipaje y que el piloto intentó infructuosamente impedir. Las vida y la muerte están llenas de ironías como la del secretario del anarquista asesino de curas, Buenaventura Durruti, un pistolero elevado a santidad por sus seguidores. El secretario era un cura de nombre Jesús Arnal a quien Durruti a sabiendas de su condición eclesiástica mantuvo a su lado hasta su muerte en Noviembre del 36. Arnal, luego de la guerra volvió a ejercer de cura hasta su muerte a inicios de los años setenta.

Creo que la moraleja de estas historias es que la vida nos presenta muchas opciones y aquellos que las simplifican reduciéndolas a un « estás conmigo o contra mi » no sólo pecan del error maniqueo sino que no entienden la belleza que esconde la complejidad del yo y sus circunstancias.

Alberto

Foto: Padre Mosén Jesús Arnal. Pároco de Aguinalíu, Aragón. Secretario de Buenaventura Durruti. A su muerte en 1971, cura párroco de Ballobar, Provincia de Huesca